Javier Sánchez Pérez, director de Política Audiovisual y Servicio Público de RTVE, sostiene que los medios de servicio público deben mantenerse firmes en la defensa de los estándares abiertos y del espectro, o ceder el futuro a quien controle la pantalla.
Venimos de un mundo en el que todo era más sencillo. La innovación tecnológica avanzaba de forma evolutiva. Los estándares mejoraban progresivamente y, poco a poco, accedíamos a mayores prestaciones que nos permitían ofrecer una mejor calidad, ya fuera en la producción, la transmisión o la distribución.
También venimos de un mundo de radiodifusión de servicio público, en abierto y para toda la ciudadanía. Un mundo en el que los grandes mercados horizontales generaban economías de escala que beneficiaban directamente a los ciudadanos. Un mundo en el que los medios de servicio público (PSM, por sus siglas en inglés) se encontraban entre los principales impulsores de la innovación, utilizando un recurso compartido y limitado: el espectro.
Y fue ahí donde aparecieron las primeras grandes señales de alarma.
En las sucesivas CMR (Conferencias Mundiales de Radiocomunicaciones) nos dimos cuenta de que el futuro de la TDT ya no estaba garantizado. Los operadores de redes móviles no solo querían nuestras frecuencias; querían nuestras audiencias. Y sabían que debilitar nuestra capacidad para prestar el servicio era la forma más segura de captarlas.
Con el tiempo se hizo evidente una tendencia: los operadores de redes móviles, respaldados por los fabricantes, comenzaron a reclamar espectro para servicios móviles en todas las bandas de frecuencia. Si controlaban el acceso al espectro, podían fijar sus propias condiciones (especialmente las económicas), incluso cuando eso supusiera ofrecer una calidad de servicio inferior a la que puede proporcionar la radiodifusión.
Esa misma lógica se ha trasladado a las pantallas. Cada vez resulta más difícil para la ciudadanía acceder a los canales de televisión lineal: los tradicionales botones numéricos y de colores han ido dejando paso a botones dedicados a las grandes plataformas. La pantalla de inicio del televisor se ha convertido en un espacio que se vende al mejor postor, con listas de canales controladas y una sintonización cada vez más complicada, que en muchos casos llega incluso a requerir conexión a internet.
Los fabricantes de televisores obtienen más ingresos controlando el acceso a los contenidos que con la propia venta de televisores.
En la radio, la pérdida de visibilidad ha sido más lenta, pero igualmente grave. En menos de diez años, la radio ha pasado de ocupar un lugar central en el salpicadero del coche a quedar oculta tras menús y aplicaciones. Y si la radio desaparece de los coches, la radio desaparecerá.
Al igual que los fabricantes de televisores, los fabricantes de automóviles también quieren controlar lo que aparece en sus salpicaderos. Para ellos, la radiodifusión supone un problema: requiere conexiones de antena, sintonizadores, cableado y receptores específicos. Los servicios a través de internet son más fáciles de ofrecer y más rentables.
La fortaleza de los medios de servicio público sigue residiendo en la radio y la televisión lineales distribuidas mediante radiodifusión. Ahí es donde continúa estando la mayor parte de la audiencia. Ahí es donde residen nuestra relevancia y nuestro valor público, y ahí es donde deben permanecer.
Esto no significa que debamos ignorar el entorno IP. También ahí debemos seguir esforzándonos por hacer las cosas lo mejor posible. Pero cada vez que dependemos de soluciones IP de terceros, reforzamos el modelo de las grandes tecnológicas: un modelo en el que cada vez más intermediarios controlan el acceso, en el que incumplir las reglas resulta rentable y en el que los medios de servicio público pierden control e independencia.
Nuestras prioridades, por tanto, deben estar claras.
En radio: garantizar que todos los coches nuevos en la UE incorporen receptores de FM y DAB+, y definir con claridad qué debe entenderse por prominencia en el entorno del vehículo.
En televisión: garantizar que las principales plataformas en abierto sean fáciles de encontrar en los televisores conectados, con normas de prominencia que sean realmente efectivas y exigibles. Sin ellas, no podemos garantizar el futuro de nuestros servicios tal y como los conocemos hoy.
La UER ha sido durante mucho tiempo un referente fundamental en materia de estándares de radiodifusión, tanto en Europa como a escala mundial. Seguimos teniendo una enorme capacidad de influencia en este ámbito y, precisamente por ello, no debemos reducir nuestra participación en los organismos de normalización y los grupos de trabajo. Al contrario: debemos reforzarla.
Abandonar estos foros significa permitir que otros tomen las decisiones por nosotros, impongan sus modelos de negocio y establezcan las reglas que tendremos que seguir.
Porque lo que está en juego no es únicamente el futuro de los medios de servicio público. Es nuestro futuro como sociedad.
No dejemos que la comodidad nos haga partícipes del feudalismo digital.
Este artículo se basa en una intervención realizada durante la Cumbre de Tecnología e Innovación de la UER, organizada por RTVE en Barcelona en junio de 2026.